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la puerta

sábado, julio 07, 2007

Me imagino que abro la puerta y entro al otro lado. Allá vivirá una de las dos, no sé cuál si Ofelia o Alejandra. Acá se quedará la otra. Ya no estaré nunca más dividida en mi, ni seré contradictoria a cada rato. Como Sumire y Myu en Sputnik, mi amor. Desde que leí ese libro no he podido dejar de pensar en la puerta. En dónde estará. Cómo le hago para verla, abrirla y listo!


**

Imaginate que estás escuchando el radio y de repente en una cápsula de servicio a la comunidad oyes tu nombre entre la lista de personas desaparecidas. Pero tú no estás desparecido, porque obviamente estás escuchando el radio y te encuentras ahí vivito y coleando en donde quiera que te encuentres, simplemente

has cruzado al otro lado.

Entonces se podría suponer que algún porcentaje de las personas que han desaparecido en el mundo, que nunca han encontrado sus cuerpos ni han sido reportadas vistas ni hay rastro alguno de ellas, en realidad no han sido asesinadas ni secuestradas ni nada por el estilo tal vez solamente hayan cruzado al otro lado por decisión propia, y su otra mitad está aquí pero no es más esa persona, se parece, pero no es esa persona que conocíamos, se ha vaciado de la mitad de sí misma, por eso no logramos reconocerla ni verla.



Ficción ? [...]

lunes, abril 23, 2007

súeltame te digo que me sueltes que me dejes así sola como estoy ni siquiera comprendes que yo no soy así como tú crees pronto te haré daño lo sé y vas a sufrir y yo no quiero que sufras hace ya unos años que me quite ese karma que me perseguía pensé bueno me persigue y por eso me enfoqué en el bien en hacer el bien y siempre pensar en eso para ya no equivocarme porque siempre me equivoco siempre termino haciendo daño a quien menos quiero y me obsesionan cosas que de repente ya no y ya no quiero y ya no me gustan soy bien voluble necesito estar en paz y tranquila y soñar con el mar y escribir y leer vivir tranquilamente eso es lo único que en realidad me importa todo lo demás es una mentira nunca te debí haber dado mi número nunca haberte contestado ni vernos ni ir al cine ni nada porque es una mentira todo es mentira quiero irme y estar lejos eso es lo único que quiero por favor suéltame para que gasto saliva

ni siquiera sé si me entiendes


En forma de ruido

lunes, mayo 22, 2006

…una mañana como cualquier otra en la ciudad de México. A las seis y media sonó el despertador. Las calles casi vacías. Carolina se levantó de la cama, el trabajo espera. Encendió la televisión para escuchar las noticias mientras se arreglaba. Era un día raro, el cielo con un tono diferente, algo nublado. En el ambiente se sentía un calor espeso, azufroso. Las luces de la ciudad siempre manchan el cielo de esa forma a esta hora en que el sol apenas piensa salir, y puso atención a la reportera de la tele a ver si no anunciaban algún frente frío o tormenta. El cielo. No, nada nuevo. El mundo seguía igual. Pasó largo rato caminando por la habitación, imaginando cómo se vería con esta o aquella chamarra, esas botas o aquellos zapatos, el pelo suelto o recogido. ¿Irá a llover?, y volvió su mirada de nuevo a la pantalla. De nuevo, nada. Se decidió por lo de siempre: pantalón de mezclilla, algún suéter y sus gastadas botas. Tomó la ropa, una toalla y a la regadera.
…al abrir la puerta del baño, escucha un sonido. Un ruido tan extraño y un intenso hormigueo recorre su piel que se eriza. Siente toda la realidad junto a ella. Algo de paranoia la inunda. Ignora a qué se debe el ruido y de dónde ha salido. Al reaccionar, no le da importancia a lo sucedido. Piensa que el sonido y la sensación se deben al estado de somnolencia que aun la acompaña.
Continuó con la rutina. Abrió la llave del agua. Se quitó la ropa y se metió a bañar. El ritual: jabón, la cabeza, la cara, el cuerpo, y en el momento en que se quitaba el jabón, el agua se terminó. ¿Y ahora? ¿Qué está pasando? Se quedó con una sensación pegajosa bastante incómoda. Se puso crema y el ruido otra vez.
…es más fuerte. Lo siente desde que la frecuencia entra en sus oídos hasta que se pierde en una agitación espeluznante del estómago. La vista borrosa, todo pierde su forma. El entorno desvanecido en una onda que borra pedazos de la realidad, de ella misma. Carolina no alcanza a comprender lo que ocurre y sólo ríe. ¿Qué habré comido que me cayó tan mal? Tal vez ser los mariscos de anoche. Carolina se viste y se maquilla, está lista para salir, abre la puerta y enfrente de ella, un señor de edad avanzada camina por la calle. Va vestido con ropas raídas y viejas. Cruza su mirada sombría con la de Carolina: ¿No parece acaso el fin del mundo?, le dice y ríe a carcajadas siguiendo su camino. Conforme el viejo se aleja se desvanece en la distancia. Carolina no lo cree y ríe de nuevo. Siguió con su día. Caminó hasta el metro, compró un jugo, esperó el siguiente tren y en aquella espera la sorprendió el ruido de nuevo, ahora más intenso.
…era tan fuerte que casi le revienta los oídos. En cuclillas del dolor siente como si le fuera a explotar la cabeza. No puede pensar, gritar, moverse. Atrapada. El dolor ácido en el estómago tan intenso que sus intestinos se comprimen. El desvanecimiento la hace pensar que es sólo una imagen mental de luz, un destello cegador. Esta vez Carolina no puedo crearse una realidad distinta: ese ruido es parte de todo, de ella misma.
Carolina se dio cuenta que no hay nadie en las calles. La única persona que vió desde que salió de su casa es el anciano. ¿Me estoy volviendo loca o qué está pasando? Carolina corrió hasta su casa y un segundo antes de abrir la puerta: el ruido.
…instintivamente se tira de rodillas al suelo. Esta vez no hay emoción alguna, sólo el destello. Se da cuenta de que ella misma es el destello. Se contornea en él. Viaja dentro y lo que siente es magnífico. Como un cosquilleo espiritual, es feliz ahí, en la luz.
Volvió en sí, a su cuerpo. Se levantó mareada y sin o entender qué pasó, entró en su casa. Se sentó en un sillón. ¿Pero es que existe alguna explicación? No sé si habrá algo que aclare lo que está pasando o hacia dónde me lleva o por qué. Y se le ocurrió prender otra vez la televisión. Pensó que tal vez a esa hora ya anunciarían lo que estaba pasando o algo tendrían que saber al respecto. Intentó prender la televisión.
…el ruido otra vez. Sola, se tira al piso de rodillas, y espera a que llegue. No es el mismo ruido, tampoco tiene la misma intensidad, sin embargo, la hace sentir un temblor que la estremece toda junto con su realidad y el destello. La luz es más aguda en calor y olor. Como fundir ruido, luz, olor junto con ella. Su cuerpo y todo su alrededor se disuelven en la luz y el sentir de un bienestar magnífico avanza dentro del destello. Parece que su cuerpo es como un liquido fluyendo hacia el centro del universo, al principio del origen.…otra vez en la sala arrodillada, con la cabeza entre las piernas.
Regresó en sí con los ojos llenos de lágrimas sin saber por qué. Se asomó por la ventana dándose cuenta que la gente había decidido salir. El tráfico normal. Estaba atónita. Estaba consciente de que no había sido un sueño. Fue más que eso. Decidió que nada podía hacer al respecto. Así, comenzó a escribir todo lo sucedido, como si fuera un cuento de ciencia ficción. Escribió todo cuidadosamente, antes de que se le olvide.
… se escucha el ruido de nuevo. Asume convencida que es sólo cuestión de segundos o minutos hasta que vuelva a ocurrir. Pasan los segundos, los minutos, pasan las horas, ella sigue escribiendo. Se da cuenta que nada ha sucedido en esas horas. Se pone de pie y va hacia la calle. Abre la puerta, lo presiente de nuevo pero no hay nada. El ruido del aire, tan suave, tan fresco, con olor a tierra húmeda, y sin embargo, con una fuerza invisible, como la de un huracán. Vuelan las hojas caídas de los árboles de la calle. Siente esa fuerza estremecedora de las tormentas, todo comienza a desvanecerse, a diluirse, como si alguien hubiera derramado solvente sobre una pintura de óleo, agua sobre una acuarela. Y junto con las hojas de los árboles y toda la realidad,
Carolina,
se esfumó.
* De el libro "Cuentos" (2005) by me

No era yo

lunes, enero 23, 2006

… como siempre, tarde, y yo, como siempre, busco un lugar donde esperarlo. Siempre lo espero. Tal vez porque no tengo a nadie más, porque sin él estoy aún más sola.
Caminé por entre las bancas del aeropuerto arrastrando las maletas. Ningún lugar vacío. Eran ya muchas horas de viaje desde que salí de la ciudad de México. A pesar del cansancio aún había una chispa de ánimo que me hacía ser amable con los extraños. Pensé por un rato en dónde podría esperarlo. Me dirigí a la cafetería, escogí una mesa. Una dos equis por favor. En la mano un cigarro y la vi entrar. Ella esperó a que se desocupara una mesa. Se sentó casi frente a la mía. Yo traté de concentrarme en mi lectura. Saqué una novela que leía en aquellos días con la intención de que el tiempo pasara más rápido. Pero nada. En fin, algo en ella me intrigó. No pude evitar verla de reojo, por encima del libro. Cabello rizado color chocolate, ojos negros rasgados, piel morena, estatura mediana. Traté de encontrarle algún parecido, nada. Volví al libro: “… en fin, no, aún no es el fin, es el principio de todo. Ella no lo sabe, pero ahí está. Es ese el instante. Después, el agua que corre por su garganta…”
Me interrumpió el timbre del celular. Sí. No te preocupes, relájate y vente con cuidado. Ella también sacó un libro. Intenté distinguir el título pero mi vista no alcanzó. Leía abstraída, ignorando todo a su alrededor. Con una concentración que en esos momentos era envidiable para mí. Encendí otro cigarro, una cerveza más, por favor. Aproveché para observarla, fingiendo no verla. Regresé la vista a mi lectura ya con su fotografía en la memoria: “…el humo del cigarro que sale de su boca, el dedo dando vueltas al anillo, todos sus movimientos indicando algo que nadie sabía. Y eran iguales…”
Mientras leía, fumaba, dando vueltas al anillo en su mano. La cabeza me dolía y esa mujer ahí, sola, seguía leyendo, hambrienta, se mordía las uñas y el cigarro siempre en la boca. Yo, llena de curiosidad: a quién me recuerda, qué leerá que la tiene así, tan abstraída. Sacó una pluma y comenzó a escribir sobre el libro. Un trago de cerveza me ayudó a desviar la atención por unos segundos. No quería molestarla. Ella leyendo y escribiendo, mientras, yo, con el libro abierto, no hacía otra cosa que pensar en…. Subrayé lo último que leí y cambié de página: “… sin embargo, moría poco a poco en esa soledad, sentada en esa silla, sin que nadie se diera cuenta. A pesar de todo lo vivido nunca había pasado por algo similar…” Ella me miró y sonrió con complicidad. Descolgó su bolso de la silla, se levantó de la mesa y se puso de pie. Me distraje unos segundos y ella se había ido. Olvidó su libro en la mesa. Me levanté tan rápido como pude, fui por el libro y salí corriendo. Demasiada gente, imposible encontrarla.
Regresé a la mesa desilusionada. Vi el libro en mis manos y recordé que ella había escrito en él. Al abrirlo pude leer: “No eres tu, soy la otra.”


De Antoología (2006) by me

Monóxido de carbono

jueves, enero 12, 2006

para mi tío Rolando QEPD
…tus manos al hablar, los codos en la mesa, yo temblaba, un cigarro, adiós. El sol me golpea los ojos y borra todo con su luz. Convierte el tiempo en esta tranquilidad inhabitada. Es un amanecer largo. Todo se detiene como en una caída interminable: los rostros, el humo, mis ojos en su pupila, las heridas del invierno.
¿Qué me pueden decir ellos de ti? No, no quiero imaginar ahora ninguna historia. No estoy, gracias a mis palabras, rescatándote de la muerte. Una mañana nos despertamos así: yo aquí, tú allá.
De nada sirve pensar qué habría pasado. Tal vez bastaría una palabra, no un gesto vago, sino una palabra. No sé cómo pudo ser esa palabra ni en qué momento debí decirla, sólo siento que quedó ahí, en las paredes, en las ventanas, en la lluvia. Por eso no quiero callarme ahora y pregunto Si no estás aquí en dónde. Nada tiene término. Junto uno a uno los pedazos de lo sucedido y lo reconstruyo.

En la mañana fuiste al club como de costumbre. Llegaste a la casa antes que yo saliera, contrario a lo que habíamos acordado. Te reclamé y discutimos hiriéndonos, ignorando todo cerramos puertas. Cómo soltaste mi mano. Cómo lloraba. Salí de la casa. Caminé sin pensar en nada. Quise creer que habías salido a alcanzarme en un último intento por retenerme. Miré todo con atención, mientras, tú empacabas: ropa, zapatos, gorras, lociones, todo. Sé que te dolió dejarnos, sé que sin darme cuenta yo te orillé a hacerlo. Dejaste el celular en el buró junto con tu reloj. Tal vez te dio flojera levantarte a apagar el calentador. Te encontraron destapado, sin camisa, con el brazo doblado debajo de la almohada como acostumbrabas dormir.

Regreso a la cama. El olor de tu pelo aún está sobre la almohada. Me inunda esta soledad viscosa, ácida, que se extiende por mis dedos hasta llegar al papel. Furiosa, tengo la impresión de haberme mutilado, de haber roto el eje que me unía a ti. Un dolor sin nombre me arranca lentamente de este texto. Sé que oficio un rito de resurrección y de muerte, una especie de resumen de todo lo que me duele habernos hecho, que me lleva mucho más allá de estas cuatro paredes en donde la mañana se va, en donde yo soy sólo dolor, rodeada de esperas, de perdón. En donde nada ha cambiado y sólo eres tú el que no está. En donde sé que me faltó tiempo para demostrártelo. En donde estoy ahora, vacía. Y lloro. ¿Qué otra cosa puedo hacer?

De Antoología (2006) by me

No olvides tu boca (minificción)

domingo, octubre 23, 2005

Desperté con las manos aún oliendo a él. Fuimos sólo nosotros, los de antes. Esos que se amaban. Y no nos importó nada más que nuestros cuerpos firmando un pacto, más allá de lo que pudiera ocurrir hoy, mañana.

Amaneció y se fue.

Aquí estaré para cuando tu cuerpo se canse de buscarme en esa que no soy yo, le dije más tarde al otro lado de la línea y colgué el teléfono. Esperaba dormir pronto. Quería olvidar.

Picture with an archer

martes, agosto 02, 2005

Sumergida
en un sueño*
Desde hace 96 años me encuentro atrapada en este sueño. Un día entré aquí por curiosidad. Por soñar, imaginar, estudiar la vida de Kandinsky. Ya me lo habían advertido: “Toda su obra es como un sueño”. Y por sólo fijar mi atención en éste, ya no he podido salir de él. Cualquiera podría pensar que ahora mi vida es monótona e infeliz, pero no. Lo era antes. Ahora vivo encantada bajo un cielo de colores que cambia según el estado de ánimo de quién me observa; pueden ser tonos rojos, azules, amarillos, morados, naranjas, blancos e incluso hasta negros. Hay árboles que se mueven aunque no exista el aire y se pierden en el horizonte. No me tengo que preocupar por comer o dormir o ir al baño. En el mundo onírico eso no existe. Mi casa es de humo color azul rey y está en la cima de una colina rodeada de bosques amarillos y verdes. Yo visto de verde y rojo siempre, mis colores favoritos, y me cubro la cabeza con un divertido gorro de bolas rojas. Todos somos lo que soñamos. Camino diario de mi casa al principio de la historia donde broto de fuegos amarillos y blancos como una chispa de la imaginación. Aquí tengo varios amigos que comparten mis inquietudes y ven la vida como yo, me imagino que afuera ya no tengo a nadie. Ellos también entraron aquí por curiosidad. Entre nosotros tenemos un lenguaje diferente: el de la mirada. Es increíble cómo se pueden decir tantas cosas a través de la mirada. No tengo pies, me desplazo flotando.
Hay personas que habitan aquí sin saberlo. Estos seres están borrosos, como en un punto intermedio entre la vigilia y el sueño, bajo medicamento o en coma o simplemente no se atreven a enfrentar su nueva realidad. Están aquí pero no se dan cuenta. Sólo los que los observan allá, perdidos, conocen de su existencia. Cuando alguien de afuera me observa, yo lo observo también y este juego me divierte. Me identifico con esa persona a través de lo que expresan sus ojos y puedo detectar si está a punto de entrar en mi sueño, o quizá camine dos, cinco, diez pasos más y se sumerja en otro. De vez en cuando, si nadie me ve, me escapo a otros sueños. En donde soy un triángulo, o parte del cielo, pero siempre regreso. Porque me gusta vivir aquí. Yo lo elegí.
*Inspirado en Picture with an archer de Vasily Kandinsky